lunes, 11 de noviembre de 2013

Charles Baudelaire: A la una de la mañana

Autoretrato del autor (fuente)
Charles Baudelaire (1821-1867) fue un importante (y genial) poeta francés, precursor (algunos lo consideran padre) del simbolismo (la corriente de poetas del nivel de Rimbaud o Verlaine). Su obra se compone principalmente de Les Fleurs du Mal (Las Flores del Mal, el más conocido), un libro de poemas (bastante polémico y del que llama la atención que se censuraran los poemas considerados "inmorales" --- como Las Alhajas o Delfina e Hipólita --- y no los más controversiales, como la sección con poemas de índole satánica); y Petits poèmes en prose o Le Spleen de Paris, (Pequeños Poemas en Prosa o El Spleen de París), una colección de poemas, como dice su nombre, escritos en prosa (publicado completo en 1869, aunque se escribió entre 1855 y 1864; muchos de los poemas fueron editados en revistas, pero 10 de ellos no vieron la luz hasta la muerte del autor, cuando su hermana se dio el trabajo de recopilarlos - fuente), del que extraigo hoy uno de mis favoritos. Un tratamiento más exhaustivo del autor y su obra lo dejaré para otra ocasión.

Este poema es casi como un diario de vida, donde se da un recuento de los sucesos del día, triviales en su mayoría y de las personas a las que tuvo que saludar, con más asco que gusto. Baudelaire, hombre perfeccionista, trabajaba mucho sus poemas antes de considerarlos listos y, sin embargo, no se tenía en la más alta de las estimas. Su última oración en este poema es prueba de esto, al pedir ayuda no para ser el mejor de todos, sino que se conforma tan solo con no ser menos que aquellos a los que él considera inferiores.

A la Una de la Mañana

E. Munch - Nuit à St. Cloud (1890, óleo sobre tela --- fuente)
¡Solo por fin! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados y derrengados. Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo. ¡Por fin desapareció la tiranía del rostro humano, y ya sólo por mí sufriré!

¡Por fin! Ya se me consiente descansar en un baño de tinieblas. Lo primero, doble vuelta al cerrojo. Me parece que esta vuelta de llave ha de aumentar mi soledad y fortalecer las barricadas que me separan actualmente del mundo.

¡Vida horrible! ¡Ciudad horrible! Recapitulemos el día: ver a varios hombres de letras, uno de los cuales me preguntó si se puede ir a Rusia por vía de tierra -sin duda tomaba por isla a Rusia-; disputar generosamente con el director de una revista, que, a cada objeción, contestaba: «Este es el partido de los hombres honrados»; lo cual implica que los demás periódicos están redactados por bribones; saludar a unas veinte personas, quince de ellas desconocidas; repartir apretones de manos, en igual proporción, sin haber tomado la precaución de comprar unos guantes; subir, para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa de cierta corsetera, que me rogó que le dibujara un traje de Venustre; hacer la rosca al director de un teatro, para que, al despedirme, me diga: «Quizá lo acierte dirigiéndose a Z...; es, de todos mis autores, el más pesado, el más tonto y el más célebre; con él podría usted conseguir algo. Háblele, y allá veremos»; alabarme -¿por qué?- de varias acciones feas que jamás cometí y negar cobardemente algunas otras fechorías que llevó a cabo con gozo, delito de fanfarronería, crimen de respetos humanos; negar a un amigo cierto favor fácil y dar una recomendación por escrito a un tunante cabal. ¡Uf! ¿Se acabó?


J. A. Weir - The Bridge Nocturne o Nocturne Queensboro Bridge  (1910, óleo sobre tela --- fuente)
Descontento de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y cobrar un poco de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche. Almas de los que amé, almas de los que canté, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los vahos corruptores del mundo; y vos, Señor, Dios mío, concededme la gracia de producir algunos versos buenos, que a mí mismo me prueben que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio.

(Fuente de la traducción)